Publicado en Octubre de 2010 . Fosacomún

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El arquitecto César Portela hizo en Finisterre este cementerio, tan utópico y tan mínimo que parece un proyecto de un estudiante. Cubos blancos, escalonados en la ladera, miran hacia el mar. Y no un mar cualquiera, el mar que durante tanto tiempo se consideró el abismo final. Un mar que guarda la inquietud de los monstruos.

Pero el cementerio permanece sin muertos. Los habitantes del pueblo no quieren ser enterrados allí.

Dicen que queda lejos de la iglesia. Cierto sí que es. Hay que caminar unos cuarenta minutos y bajar el monte. No imagino yo a una viuda de esas no alegres haciéndose con gusto semejante camino, con lo pronto que anochece en invierno y el frío que hace por esos lares. En cambio la iglesia del pueblo con su cementerio de toda la vida queda más cerca y parece un sitio divertido; la vi llenísima un viernes por la tarde.

Por supuesto, alguien con el ojo izquierdo y desconfiado podría pensar que los del pueblo perciben esos cubos son una invasión de otro mundo. Mundo en el que abundan palabras como “recinto” “ámbito” o “tipología” códigos que pueden escucharse en el vídeo, por demás agradable del arquitecto. Y que alguien de otro mundo te venga a decir que entierres a tus muertos con una estética que no has vivido ni es tuya, pues no agrada. Si algo nos ha ido quedando claro es cómo los cementerios exhiben las vidas en las muertes.

Estas serían algunas imágenes del otro cementerio de Finisterre. Es un lugar recogido, vuelto sobre sí mismo. Como ocurre en  Panxón, otro pueblo marinero, también éste se hizo totalmente de espaldas al mar.

El cementerio de Cesar Portela, vacío, en su nostalgia de los muertos ausentes, se ha ido rellenando de melancolía, hasta conseguir la atmósfera de un verdadero cementerio ocupado.

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