Publicado en junio de 2011 en las versiones online e impresa de la revista  Josefina La cantante.
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El hilo rojo

Wir hören von einer besonderen Einrichtung bei der englischen Marine. Sämtliche Tauwerke der königlichen Flotte, vom stärksten bis zum schwächsten, sind dergestalt gesponnen, dass ein roter Faden durch das Ganze durchgeht, den man nicht herauswirken kann, ohne alles aufzulösen, und woran auch die kleinsten Stücke kenntlich sind, dass sie der Krone gehören.

Ebenso zieht sich durch Ottiliens Tagebuch ein Faden der Neigung und Anhänglichkeit, der alles verbindet und das Ganze bezeichnet.

Hemos oído hablar de una particular costumbre de la marina inglesa. Todas las cuerdas de la flota real, de la más fuerte a la más delgada, están tejidas de tal manera que un hilo rojo pasa a través del conjunto; hilo que no se puede extraer, sin deshacerlas todas, y por el que, incluso en los fragmentos más pequeños, es reconocible su pertenencia a la corona.

Del mismo modo, se dibuja a través del diario de Ottilie, un hilo de inclinación y afecto que enlaza todo y caracteriza el conjunto.

Goethe, Las Afinidades Electivas.[1]

El instante fértil y el instante preñado

Hemos oído que existe un instante que el artista escoge y que contiene el todo.

Sobre ese instante teorizó Goethe a partir de una idea de Lessing, dramaturgo de la generación inmediatamente anterior. Lessing, en su Laocoonte o sobre los límites en la pintura y la poesía, califica tal instante de “fruchtbar Gesichtspunkt”, instante fértil. Dice así: “En la Medea no escogió el preciso instante en que ella degüella a sus hijos, sino el momento anterior, aquel en que el amor maternal lucha todavía con los celos”. [2]

Un escritor, como un escultor, se enfrentará a múltiples elecciones: en qué momento entra la trama, qué rasgo de sus personajes mostrar, qué ocultar, y de entre estas elecciones, algunas pueden llegar a cristalizar en el “instante fértil”.

Barthes le llamará dos siglos después “l’instant prégnant”, instante preñado. Instante de “máximo rendimiento de sentido y placer”, “un jeroglífico en el que se puedan leer de una sola ojeada, presente, pasado y futuro”. [3]  Pero pese a que el adjetivo preñado es un adjetivo más visual – la hinchazón, parir – creo que es más adecuado el adjetivo fértil, porque la preñez tras un parto finaliza, mientras que lo fértil no termina cuando da fruto. ¡Muy al contrario! Vuelve a reproducirse, múltiples reproducciones, algunas más artísticas y otras de hijos malformados.

Las reproducciones

El rote Faden, el hilo rojo en el diario de Ottilie, se convirtió pronto en un saber común. Las afinidades electivas era una novela famosa. El hilo rojo pasó al habla alemana, y aun hoy en día permanece. Significa “el hilo conductor”, el tema sobre el que se vuelve una y otra vez en una película o en un libro.

Una primera reproducción de este hilo, la ejecuta melódicamente Freud, en su libro El Chiste, y su relación con el inconsciente. El libro está lleno de ejemplos de chistes. Un alto miembro de la política, el señor N, hace un juego de palabras para atacar a un articulista plomizo, uniendo el rojo pelo del atacado con Faden, hilo, y fad, insulso. Dice Freud, sugerentemente inquieto: “El enlace entre el juicio denigratorio sobre el aburrido historiógrafo y el bello símil de Las afinidades electivas tiene que haberse producido aquí, por razones que todavía no puedo explicar, de una manera menos simple que en muchos casos parecidos”.[4]

El hilo rojo de ser fértil pasó a ser prostituible: las empresas lo utilizan para hablar de sus directivas, en Hannover hay una línea roja que marca el itinerario turístico, etc. Están sacudiendo lejos de sí toda belleza, por eso utilizo el verbo prostituir. Es una imagen tan connotativa y preñada de referencias míticas – el hilo, el destino – que es fácil que cada uno le coloque lo que quiera.

Confieso haber añadido mi propia gota a este vaso de promiscuidad. Para mí el hilo rojo tiene el siguiente significado: un hilo que se establece entre los ejemplos literarios, o cinematográficos, que un autor suele meter en un texto filosófico. En las explicaciones más áridas, el filósofo atraviesa puntadas placenteras, que significan para él emoción y belleza. El hilo de los ejemplos hace que sienta inclinación y afecto hacia el autor, y me ayuda a seguir leyendo a su lado, más a su lado.

El símil

Un símil no se considera muy bella figura. Cuando uno quiere ser lírico acude más a la metáfora. El símil, en cambio, desde el punto de vista retórico, es didáctico, establece una tesis: “Esto es como esto otro”. El símil, a diferencia de la metáfora, exige la presencia de los dos términos que se comparan, el término ficticio y el término real.

Un gesto llamativo, en la estructura de este símil, es la inversión de los dos términos. Normalmente sería “los dientes de C son como perlas”. Pero en este caso, Goethe, nos habla primero del hilo rojo real “hemos oído hablar de…”, y luego del ficticio “del mismo modo…”. Este orden inverso prioriza el término real, es decir, un hilo rojo, como el que todos tenemos en el costurero.

El hilo y la cuerda

hilorojo

No pude acceder al cordaje de la marina inglesa, pero sí a un hilo rojo. Cualquiera que intente coser, intente bordar, sabrá cuál es el baile entre su cuerpo y el hilo. El hilo hay que estirarlo, hay que juntar los labios para enhebrarlo, tirar de él, romperlo con los dientes, también a veces uno se pincha, hay sangre. Las manos, los dedos, las yemas, las uñas empujando, la boca, los labios.

Esto en el extremo, digamos, femenino del término, en otro está la marina inglesa. Sabemos lo que es el cordaje de un barco, hay que tirar, enrollar; a veces la cuerda levanta la piel, la roza, cuando va muy rápido quema las palmas de las manos, se enreda, alguien cae al agua o alguien se ata para no caer. El mismo baile en un formato más grande: el cuerpo y el cordaje.

Quise probar este baile, pensé en bordar. Pero no sé bordar. He pedido a Julia, una gran amiga, que escriba con hilo y ella me ha mandado por correo un pañuelo doblado en dos. Abrirlo descubrió el precioso bordado que ilustra este artículo. También la fecundidad del hilo rojo se desborda una vez más, pues Julia tuvo que escribir un texto, nacido de este pañuelo.

Todo esto me proporcionó una gran felicidad. El hilo rojo ha sido muy generoso.

El color rojo

La otra realidad del hilo rojo es que es rojo. Goethe escribió una Teoría de los colores. Para Goethe existe un rojo muy particular, un rojo puro al que llama púrpura “en atención a su dignidad elevada”. El libro está lleno de experimentos químicos o físicos, y menciona ciertas combinaciones amarillas o azules que a partir de un nivel de turbiedad llegan a la exaltación hacia el rojo “dos opuestos se aproximan entre sí y terminan por fundirse”.[5] Este púrpura expresa para él la más serena dignidad y alegría, un color para la juventud y para la vejez.

Las afinidades iniciales

Para terminar no tengo más remedio que hablar de una tensión. En Las afinidades electivas el hilo rojo no es la única imagen poderosa. Tiene un rival. La imagen que da pie al título de la novela.

Piense usted en una A que esté íntimamente ligada con una B, de suerte que no pueda separárselas con múltiples medios ni con mucha violencia. Imagine usted una C que se halle en idéntica relación respecto a una D; ponga usted luego a ambas parejas en contacto. A se lanzará sobre D y C sobre B, sin que se pueda decir quién abandona primero a quién, quién es la primera en unirse nuevamente con la otra.[6]

A, B. C y D son personajes, la novela trata sobre una disolución matrimonial. Esta tesis se expone como un destino o una provocación antes de la llegada del cuarto personaje, D, que es Ottilie, la señorita del diario.

Cuando me planteé bordar, recordé la herencia de una tía abuela: modelos de bordados. Son papeles con dúos de letras modernistas, las dos iniciales de los apellidos de los cónyuges. Modelos para copiar al bordar sábanas o manteles, para el matrimonio. Allí estaba ese material: A con B, A con D, B con C.

Lo bello en su velo

Todo lector recuerda por una parte las afinidades químicas, y por otra el hilo rojo del diario de Ottilie. ¿Cuál podía ser el lugar de cada una, y cuál su tensión? Walter Benjamin, escribe tres ensayos excelentes sobre Las afinidades electivas, y, al final, se extiende sobre la belleza de Ottilie: “lo bello no es ni ese velo ni el objeto velado, sino que es el objeto en su velo”.

Pero él insinúa algo más, a través de Bettina. Bettina fue un personaje que parece inventado, una muchachita que admiraba a Goethe y era a su vez admirada. Publicó a la muerte de Goethe sus cartas, en parte ficticias, en el Epistolario con una niña. Esto dice Benjamin, citando una carta de Bettina de 1809: “Ahí toca Bettina, con seguridad incomparable, la más íntima correlación: «Estás enamorado de ella, Goethe, ya hace mucho tiempo que lo sospecho; esa Venus ha salido del mar embravecido de tu pasión, y una vez ha esparcido una simiente perlada de lágrimas, desaparece de nuevo en medio de un resplandor ultraterreno»”.[7]

Goethe necesitó para empezar a escribir hallar una imagen fértil, y fue la tesis de las afinidades químicas: “Piense usted en una A que esté íntimamente ligada con una B…

Pero para continuar escribiendo necesitó el hilo rojo de Ottilie, estar enamorado de Ottilie, y esto es lo realmente constituye un hilo de inclinación y afecto que recorre la novela: El amor de Goethe por su personaje. Necesitamos fuerza para empezar a escribir, pero también fuerza para continuar escribiendo y terminar.

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[1] Goethe, Johann Wolfgang, Obras Completas II. Las Afinidades Electivas, Santillana, Madrid, 2003

[2] Lessing, Gotthold Ephraim, Laocoonte o sobre los limites en la pintura y la poesía, Ediciones Folio, Barcelona, 2002

[3] Barthes, Roland, Lo obvio y lo obtuso : imágenes, gestos, voces, Paidós, Barcelona, 1995

[4] Freud, Sigmund, El chiste y su relación con lo inconsciente, Alianza, Madrid, 1981

[5] Goethe, Johann Wolfgang, Obras completas. Tomo 1, Miscelánea : Teoría de los colores. Poesía. Novela, Aguilar, Madrid, 1987

[6] Goethe, J. W. , Obras Completas II. Las Afinidades Electivas.

[7] Benjamin, Walter, Obras completas, Libro I, Vol. I, Abada Editores, Madrid, 2006

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