lahorda

Todo cuanto ha rodeado la salida de La Horda. Una revolución mágica parecía una prolongación en la realidad del propio libro: el encuentro en el Garito subterráneo de La Central, un segundo encuentro más secreto en el ring de un club. Pareciera que la Felguera está realmente dispuesta a armar con sus seguidores -más discípulos que lectores- una auténtica Sociedad Secreta.

¿Y por qué no? El mar del fantástico sufre galernas cuando la sociedad las sufre, y ese es nuestro caso. Vivimos, no lo olvidemos, cada vez más torturados por las inquisitoriales cadenas del capital, no por invisibles menos reales. Entre partidos políticos y medios se conjura un nombre para la corrupción tan literario como La Trama. Así pues, la conspiranoia y los monstruos han saltado de las nieblas de los libros a nuestra realidad cotidiana. Ya decía Wilde que la realidad tiende a imitar al arte: La Horda está situada en el XVII, pero no puede ser más actual.

El propio argumento de La Horda es similar a un juego de cajas chinas, o huevos de Fabergé, uno dentro de otro. Si comienza en el Londres de los años ochenta, la acción principal transcurre en el París de 1623. Este París es una ciudad abigarrada, hedionda, llena de recovecos y pasadizos, todavía casi medieval. Detrás de sus cochambrosas paredes se juega una oculta batalla entre facciones enfrentadas varios siglos atrás y varios siglos adelante.

Mientras lo iba leyendo me daban ganas -y así lo hice- de apuntar en un pequeño cuaderno nombres sueltos: Colegio invisible, Furiosos heroicos, Arte de la memoria, John Dee, Giordano Bruno, Descartes… Los nombres de pensadores y pensamientos brillantes caen a lo largo del libro, a modo de semillas prestas a desarrollar un gran árbol. Algo tiene de ese Borges en el que nunca sabías si los nombres de sabios alquimistas y teólogos medievales que mencionaba son reales o los estaba inventando. Algo tiene también de la erudición de hilos opacamente tramados de Graves en La Diosa Blanca. Y del humor y fino divertimento postmoderno de Umberto Eco, cuando hiló todas las conspiraciones esotéricas en El Pendulo de Foucault. Pero ahora tenemos Internet, amigos míos, y Servando Rocha cuenta con ello: cuando buscas un nombre o un dato que creerías ficción y te encuentras con que existió en el mundo real da una sensación extraña: La sensación de que se han roto las leyes del mundo natural y vivimos al fin en lo maravilloso.

Tengo que hablar también del libro físico. Todavía permanece en mí la alegría infantil de haberlo recibido. Me llegó en un sobre abultado, fui a buscarlo a correos; me acompañaba un amigo y los dos abrimos el sobre en una cafetería cercana, con la sensación de quien abre un secreto. Me golpeó un olor. Olía a tinta y a papel. Pocos libros huelen ya así, y a día de hoy aún se mantiene. Creo que es porque tiene muchas hojas negras: acercar la nariz a esas hojas es un placer adictivo similar a oler pegamento o gasolina. Mima otros sentidos que los libros actuales no suelen mimar, como el tacto: la cubierta entelada en negro, el título en relieve dorado, y un troquel como un catalejo en el que un ojo te mira. O por decirlo mejor te escudriña.

Lo que mis sentidos me estaban avisando es que este libro es un objeto que ha sido hecho con amor. La Felguera es una editorial independiente cuyo valor reside en el extremo cuidado, rayano en el aristocrático capricho, que ponen a cada uno de sus libros. Cuanto más en este caso, que el autor es también su editor jefe: Servando Rocha. Han sacado toda la artillería.

Estas páginas negras tienen un fin: crear un libro lleno de velos, que se van levantando. Páginas negras a modo de himen, simbología esotérica, advertencias, mapas. Lo bello, decía Benjamin, es más bello en su velo. Lo político puede ser también bello, y esta ha de ser una de las respuestas.

Los Invisibles se refugian en el anonimato. Cualquiera puedes ser miembro de la orden, un vecino, el hombre detrás de la barra o el panadero. Quizás tú mismo.

 

La Horda. Una revolución mágica, Servando Rocha. La Felguera Editores

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