Publicado el 15 febrero, 2017. La playa de Madrid
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Leí Las calculadoras de estrellas en un solo día, desde que abrí la primera página ya no la pude soltar. Estaba griposa y, aunque simulé que me caían las lágrimas por los virus, lo cierto es que me emocioné unas cuantas veces. No hay nada como el placer de estar con un buen libro y una mantita… y fuera, que se hunda el mundo.

En Las calculadoras de estrellas, Miguel Delgado, periodista, divulgador científico y comisario, con María Santoyo, de deslumbrantes exposiciones –Tesla, VerneTerror en el laboratorio o Houdini- cuenta la historia de dos mujeres de condición muy diferente, cuyas vidas se enlazan y se van encontrando y desencontrando. Lo que las une está allá arriba, puede verlo todo el mundo por la noche: ambas son astrónomas. Y ambas viven en Estados Unidos en 1865, recién acabada la guerra civil, época fascinante donde las haya. Pero parten de líneas de salida muy distintas: una es la famosa María Mitchell, que descubrió en 1848 un cometa que lleva su nombre y fue la primera mujer que perteneció a la Academia de las Artes y las Ciencias o a la Asociación para el Avance de la Ciencia, así como la primera profesora de astronomía de EEUU. La otra es Gabriella Howard, una huérfana que no tiene a nadie.

En el momento de encontrarse, María Mitchell comienza una nueva etapa de su vida como profesora de astronomía en el Vassar College, una recién fundada universidad solo para mujeres. Y allí acoge, merced a ciertos vericuetos de la trama, a la pequeña Gabriella.

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La novela está muy bien armada y tiene juegos estructurales interesantes, de cuando en cuando adelanta una situación para luego echar hacia atrás en el tiempo e iluminar zonas oscuras. La trama es entretenida y también emocionante, los personajes tienen una textura cálida que encariña al lector en seguida. Ya confesé que me robó algunas lágrimas, pero esto no significa que caiga en lo sentimental: mantiene una gran elegancia de tono, dejando en off ciertas zonas de la historia-y aquí callo para no hacer spoilers.

Hay algo de intriga, algo de enfrentamientos, algo de amor. Mezclar el episodio de la búsqueda del eclipse con una aventura amorosa me recordó a una novela muy particular de Julio Verne, El rayo verde. Bonito enlace, pues, como ya dije antes, Miguel Delgado comisarió con María Santoyo la apasionante expo de Verne en Telefónica. Ya aquella exposición mostraba una fuerte preocupación de género (como podéis ver en la entrevista a WOT Studio –“la mujer está bastante desplazada en sus novelas y su imaginario, entonces dijimos, la que va a viajar a la luna es una mujer”- o en la obra de Victor Coyote En las entrañas de Verne, que presentaba a una Verne femenina), preocupación nacida tanto de la particular misoginia de Verne como de un problema mucho más generalizado, por desgracia: la invisibilización histórica de la mujer científica.

Como periodista, Delgado parece haber recogido el estandarte de volver a contar la historia y muchos de sus artículos rescatan personajes femeninos fuertes y aventureros: María Luz Morales, directora de periódico durante la guerra civil, Elizabeth Keckley, modista de los Lincoln y nacida esclava, la espía Araceli González, la ministra Melina Mercouri, o James Barry un cirujano del XIX que era en realidad mujer. En este caso hubo de ser toda una novela la que rescatase la historia de las calculadoras de Harvard, el grupo de mujeres contratadas en la Universidad de Harvard para clasificar las estrellas -con nombres como Annie Jump CannonHenrietta Swan Leavitt-. Enfrentadas a una tarea que parecía inabarcable, su tenaz trabajo, oscurecido por la historia, sentó las bases de grandes descubrimientos astronómicos posteriores. La lucha de la mujer por hacerse valer en un mundo que la menosprecia es uno de los grandes temas de fondo de la novela y afecta a sus protagonistas de diferentes maneras a lo largo de sus periplos vitales.

Algunas sensaciones muy agradables, que tenía unidas a la adolescencia, volvieron a mí en este libro. En aquella época devoraba los libros con una sed como no he vuelto a tener, los adoraba como dicen que hacen los libreros, queriéndolos a todos por igual. Entre los géneros que deglutí estaban aquellas series de novelas de profesoras y alumnas de Enid Blyton, Santa Clara, Torres de Malory -Por cierto que años después, por una compra en Moyano, me di cuenta que el que ilustraba a aquellas imposibles jovencitas era Josep María Beà-. Era todo un sub-género, aquel mundo femenino, escrito, protagonizado y leído exclusivamente por mujeres; es el género de la relación didáctica entre mujeres, por supuesto denostado como tal y que de seguro merecería una revisión. Volví a acordarme de él al leer una novela de Fleur Jaeggy, Los hermosos años del castigo, maravillosa y terrible. Y he vuelto a recordarlo aquel día, griposa en el sillón, al leer Las calculadoras de estrellas.

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Las calculadoras de estrellas, de Miguel Delgado, editado por Destino

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