Publicado en La playa de Madrid el 23 marzo, 2017

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elcarminylasangre

La publicación de un libro de Montero Glez supone siempre una buena noticia, motivo de celebración para aquellos que amen la literatura. Es quizás uno de los mejores escritores vivos; y, con toda probabilidad, uno de los mejores escritores que haya dado este país. Publica Algaida una edición en cartoné con ocasión del premio Ateneo de Sevilla, del que Montero ha sido ganador.

Impresiona una prosa como la suya, tan rica, elaborada e imaginativa. Leerle es asistir al espectáculo de un malabarista de las palabras; juega con ellas, las adorna; y las construye, unas con otras, para crear imágenes que parecieran imposibles, tan hermosas en sí mismas. Casi se diría que no necesiten contenido. Acaso esto haya jugado en su contra, y en el pasado no faltaron quienes advirtieron en su estilo cierta preeminencia de la forma sobre el fondo. He aquí el sambenito que le ha perseguido: su estilo formal brilla tanto, es tan apabullante su dominio de la narrativa, que el lector corre peligro de verse cegado. ¿Quizás los árboles que construía Montero Glez no dejaban ver el bosque?

En El carmín y la sangre, el autor persigue las andanzas de un comandante inglés en el Gibraltar de la Segunda Guerra Mundial. Y lo persigue muy de cerca —“el sexo y la guerra son extremos de la misma esencia”—. Pudiera tratarse del comandante Bond, James Bond, pero se trata del comandante Fleming, Ian Fleming, su creador. Y, en ocasiones, el lector parece asistir a las aventuras del espía británico más famoso: la novela se halla repleta de guiños más o menos disimulados, y situaciones comunes a toda buena historia de espías. Enmarcados bajo la óptica del autor, el invento adquiere tintes de gran frescura, el sabor de un inconfundible pata negra; ésta es la novela de espías de Montero Glez. Rebosa ocurrencias por los lomos. Como en el resto de su obra, el andamiaje está sustentado por la rica variedad de personajes —tan granujas como siempre—. Pero aquí parece brillar con luz propia el personaje de la Petenera; se come las páginas, las escenas. Si fueran secuencias cinematográficas sería ella quien siempre atrajera la atención del espectador, aun cuando fueran otros los centros del encuadre.

Hay dos Monteros, a nuestro entender. Aquel que participa de una prosa más canalla, de temática menos generalista, la de sus primeros libros, Sed de champán, Cuando la noche obliga, Manteca colorá, etcétera, que son historias muy enmarcadas en un Noir castizo y violento, donde la escritura está dominada por la rabia. Y el Montero que va naciendo después de Pólvora negra, novela que es publicada en el 2008, y que viene a ser un punto de inflexión. Da la impresión de que el autor haya madurado en cierta manera y que, a pesar de seguir siendo fiel a un estilo riquísimo —muy canallesco también, si se quiere—, pretenda explorar otras geografías literarias para componer sinfonías menos marginales, ¿más cercanas? Porque este Montero Glez más seguro de sí mismo no necesita de artificios —entendámonos, muy efectivos, sin duda— para impactar al espectador. A lo largo de este camino, la forma no se resiente; por el contrario, gana en elegancia. Montero ya no necesita demostrar nada —y es que está todo más que demostrado hace mucho—; queda una fuerza inusitada pero no hay rabia, es el autor quien domina la escritura y no al revés. Con un cigarrillo Virgina Morland Special cabalgándole los labios, Montero Glez ya no ladra, susurra.

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