Publicado en La Playa de Madrid 2 junio, 2012

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Hay grandes escritores; y luego está Raúl del Pozo. No se descubre nada; es, con mucho, uno de los más brillantes columnistas de este país, lucidísimo cronista parlamentario, y sus novelas son las obras de un maestro que conoce el oficio.

Noche de tahúres, La novia, Los reyes de la ciudad, No es elegante matar a una mujer descalza… La mayoría de sus novelas pudieran enmarcarse en el género negro, pero decir solo esto es hacerles poca justicia. Raúl del Pozo es un espectador, tan cronista dentro como fuera de la novela: asiste a la vida con ojo crítico, escondido tras una esquina, y toma notas, toma notas, una detrás de otra, para convertirlas luego en la carne de sus historias; y sus historias se conforman casi de manera involuntaria, parecieran crecer lentamente, sin aspavientos, hoja a hoja, hasta convertirse en el retrato de unas vidas. Da la impresión de que las tramas sean lo de menos, son la excusa para hablar de lo eterno, de ellos, de ellas. Lo llamativo es el corazón que late, ardiente, en sus personajes. Acaso sea por su edad —nació en el turbulento 36—, que del Pozo conoce tan bien el corazón humano. En sus obras brillan los personajes, parecen sacados de un anecdotario personal, y en todas sus actuaciones hay verdad, respiran y hablan como si estuvieran vivos. Y lo están.

La novela que ahora nos ocupa, El Reclamo, se trata de una historia crepuscular; sigue la clásica estructura de “el hombre que vuelve”. Un antiguo guerrillero español, exiliado desde el final de la guerra, regresa a la serranía de Teruel para tratar de averiguar la verdad acerca de la desaparición de un compañero maqui. En el camino, habrá de reencontrarse con sus fantasmas. A través de la investigación que vertebra la novela —de nuevo como excusa para hablar de lo que realmente le importa—, del Pozo obliga a su protagonista a enfrentar el pasado, a reavivar unos recuerdos que dormían hace mucho, a reencontrarse consigo mismo y con aquellos con quienes vivió algunos de los mejores y peores momentos de su vida. De paso, la escritura de la novela viene a suponer un ejercicio de exorcismo para el autor mismo, también él parece regresar a su infancia en los montes, allá donde, hace mucho, se perdieron los paraísos.

Pocos personajes, una estructura limpia, una prosa sencilla. Cada palabra ocupa su sitio, cada diálogo tiene su espacio. La narrativa de Raúl del Pozo pasa de tapadillo, entra por la puerta de atrás sin llamar la atención, discreta, invisible; tan bella porque huye de las estridencias, perfecta en su llana elegancia. Como en todas sus novelas, la narración está cargada de referencias, curiosidades, pequeñas anotaciones acerca de mil temas, los personajes hablan de esto y de aquello entreteniéndonos el camino. Y todo transcurre calmoso pero sin pausa; no hay disonancias, nada ocurre en voz alta ni resulta fuera de tono, hilado de una manera sencilla, perfectamente sencilla, como solo saben hacer los grandes escritores.

El Reclamo ha merecido el premio Primavera de Novela y ha sido editado por la editorial Espasa. A cambio, el autor ofrece una novela discreta, hermosa, en donde no falta una cierta intriga, abundan las reflexiones, el humor socarrón; miradas descreídas, enamoradas y tiernas; donde no hay buenos ni malos, vencedores o vencidos. Solo personajes que de pronto están vivos.

Jose Gil Romero

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