Publicado el  1 mayo, 2017. La playa de Madrid
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ellagartonegroedogawarampoNació en 1894 y publicó esta novela en el año 34. Su verdadero nombre era Hirai Taro; Edogawa Rampo venía a ser un seudónimo, la forma en que se pronuncia Edgar Allan Poe en japonés, de quien el autor era ferviente admirador. En Japón es toda una celebridad —no escapa su influencia en el anime, y en el cine y la televisión—, lo que aquí sería un Arthur Conan Doyle, maestro de la novela de detectives y misterio.

Quizás sea esta su novela más representativa, la que ahora reedita la maravillosa Salamandra en edición rústica con solapas, a precio muy asequible. El lagarto negro es una obrita deliciosa. En ella se narran las aventuras y desventuras de un detective privado llamado Kogorō Akechi —protagonista de otras obras del autor— al que un millonario encarga proteger a su hija de las garras de una hampona que pretende raptarla. Entre los intentos de la villana por conseguir sus objetivos y los del héroe por impedírselos, van sucediéndose las aventuras, los misterios; los engaños de un personaje a otro sirven a Rampo para sorprender al lector. De paso, Rampo construye una obra ágil, amenísima, que resulta difícil dejar de leer. Ayuda la estructura original en que fue publicada, a modo de serial, y la falta de pretensiones del autor, que solo ansía levantar un divertimento —como si esta no fuera de por sí una tarea casi imposible.

Acaso sea lo más destacable cómo entre el abnegado Akechi y la escurridiza ladrona señora Midorikawa se establece un juego entre gato y ratón; la lucha entre dos fuerzas opuestas que se repelen y se necesitan para darse sentido el uno a la otra. La influencia que Rampo ha tenido sobre el Pulp americano es innegable, sobre el cómic y el cine (la relación entre héroe y villano que se complementan y se necesitan viene de antiguo, da base a las aventuras entre Holmes y Moriarty, pero también al Batman y Joker de El caballero oscuro de Nolan). Akechi desprecia los modos de su némesis, pero también celebra su inteligencia y osadía. La señora Midorikawa no oculta la admiración que siente por el detective, y en determinado momento del relato —quizás el más profundo, allí donde la obra adquiere verdadera altura— llora cuando lo cree muerto. Igual que la sombra que necesita de la luz, solo la existencia de su enemigo da sentido a la suya.

El relato está salpicado de lugares que hoy ya nos son comunes (seguramente fueran originales en el año 34 que se publicó la novela): el clásico detective, tan sagaz; la femme fatale bailando en su garito; las persecuciones; los enredos de personajes que se hacen pasar por otros —juego de disfraces que acabaría siendo seña de identidad de Misión imposible, por ejemplo—; la base secreta en donde se oculta el villano —tan de James Bond—…, pero es el estilo particular de Rampo, su innegable maestría narrativa, la que le otorga nueva luz a estos territorios. Es Rampo quien organiza esta timba y él sabe repartir las cartas; conviene recordar que fue él uno de los primeros que se valió de esta baraja por más que hoy sea ya parte del imaginario colectivo.

edogawarampoLos años no han pasado en balde, y el mundo resulta un lugar mucho más oscuro que entonces, el lector del segundo milenio está de vuelta de todo, ha visto de todo y en cantidad: la obra ha podido quedarse un tanto anticuada, el estilo de Rampo pudiera considerarse naif —llama la atención la forma en que se dirige al lector: “Pero, ¡caramba!, ¿no habíamos visto aquel canapé en alguna parte?… ¡Ah, ya! ¡Claro! ¡Estaba lleno de desgarrones! (…) ¡Hum…! Estando allí aquel mueble era posible que… ¡No! No es que fuera posible: ¡era seguro!”. El efecto es buscado, sin duda: Rampo consigue un diálogo tan directo con el lector que resulta imposible no empatizar con él; y de paso cuenta las cosas de una manera tan tierna, sin necesidad de artificios, que de pronto esa forma de discurso parece deliciosa.

El lagarto negro resulta un libro plagado de aciertos. Rampo es un escritor talentoso lleno de recursos, y el uso de una narrativa claramente cinematográfica es solo uno de ellos —“El círculo luminoso de la linterna fue deslizándose encima de la montaña de cadáveres hasta detenerse en el de un joven desnudo, muerto hacía poco, que yacía en la capa superior.” (…)“Aun así, por el momento dejémoslo pendiente. Porque nuestra mirada tiene que dirigirse hacia la puerta del camarote contiguo, pues allí hay otro individuo. Gorra con insignia dorada y uniforme de cuello alzado ribeteado de negro…”—. Leer a Rampo es disfrutar de una película de detectives de los años 30 contada a la manera clásica. El lagarto negro es un libro en blanco y negro.

En su lucha por dotar al Noir de reconocimiento, Rampo llegó a fundar la Asociación Japonesa de Escritores de Misterio. Escribió más de setenta relatos y casi setenta novelas. De él y con él beben el Rohmer de Fu manchú y el Doyle de Holmes, el Dupin de Poe y el Charlie Chan de Diggers; buena parte del anime japonés y desde entonces, todos los relatos de detectives. Rampo es imprescindible para conocer la literatura negra. Y su lagarto, más. La señora Midorikawa ahora es inmortal.

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